jueves, 27 de septiembre de 2012

Un Cafe

El café caliente sabía a gloría, pocas veces había deseado tanto comer o beber algo,  y encontraba miles de matices nuevos en el sabor. Era un simple café servido en una vieja y desgastada taza mediana, seguramente hecho con la marca de más barata que el dueño de la cafetería hubiese encontrado. Eso si, el camarero, un tipo cercano a los 50, no muy alto, calvo y con una ostentosa barriga llena de churretes, hacía patria. We veía claramente una brick de "Central Lechera Asturiana" junto a la mugrosa cafetera (eso si grande y de y de las de bar de toda la vida). También miraba raro a Jaime. Normal, alguien que aparece mientras abres el bar a las 6 de la mañana, vestido con un traje elegantemente destrozado, te hace desconfiar. Pero es que necesitaba ya el café, sino no podría poner sus ideas en orden.

Había dejado a Charlie en la cabaña y se había puesto a andar en dirección a la civilización, atravesando el bosque a paso rápido, sin  reparar en su entorno. Es verdad que iba, digamos que algo zombi, sin tener toda la mente activa. No tenía un plan, sólo el profundo y solido deseo de salir de allí, de mantenerse vivo. Durante un buen rato anduvo y anduvo, mientras la noche se deshacía en madrugada.

Vaya, será posible, parece que voy a tener suerte, pensó Jaime. Había llegado a la carretera comarcal donde habían dejado el coche. En realizad junto a ella, aparcado en pequeño claro entre los matorrales. Estaba llegando, le sonaba ese tramo de carretera. Giro la última curva a la derecha, siguió avanzando por el desierto arcén, y vio el coche. Allí estaba el pequeño Renolt Clio rojo, totalmente destartalado, que habían tomado prestado para llegar hasta allí.

Se acerco al vehículo, solo estaba a unos pocos metros, quizas 20 o 30 y parecía que la suerte le sonreía, estaba tal y como lo habían dejado. Seguía aproximándose y entonces pasó. Entre el coche y él apareció Vargas, saliendo del bosque.

-Vaya, voy a tener que hablar seriamente con mi gente. Has llegado hasta aquí y haces más ruido que el hijo de mi vecina ensayando con la flauta- dijo Vargas, gesticulando con las manos de forma exagerada.

Jaime paró en seco. Estaba tan cerca. No podía ser, así iba acabar todo, no era justo.

-Venga, no acompáñame de vuelta a la mansión. Vamos a arreglar esto- dijo Vargas poniendo la mejor de sus sonrisas bajo su delgado y fino bigote. La verdad es que se daba un aire a un Fredie Mercury arrugado y entrado en años.

No sabía que iba a pasar a continuación, ¿se lo llevaría a un descampado y lo liquidaría de un tiro?¿o le obligaría a volver a la mansión a ostias y luego lo torturaría? No lo sabía, pero empezó a andar hacía Vargas...


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